Caras y Caretas (Buenos Aires), Nº 346, 20 de mayo de 1905, pp. 41-42


La Mujer Hombre. Carlos Lambra y sus discípulas
Cuántos y cuántas al contemplar ese retrato que representa á un viejecillo encorvado por la edad, los malos humores y la dispepsia, con la palidez de la cera en su rostro, surcado por profundas arrugas y en el que, á fuerza de pasamientos y repasamientos de navaja logró que le saliera esa perilla de chivo y esos cuatro pelos por bigote, exclamará: —«¡Es Lambra en sus últimos años! ¡Si parece que está hablando!»
¿Quiénes?… Pues todos los viejos músicos; todas sus numerosas discípulas en las ambas capitales del Río de la Plata, entroncadas en las familias de Mitre, Alvear […], Rodríguez Larreta, […] y otras muchas, de algunas de cuyas discípulas, adornan esta nota sus retratos, hechos en la época en que lo fueron (de 1855 al 85 indistintamente). Porque es de advertir que este «Carlos Lambra» llegó á Montevideo en la primera fecha indicada, como prima donna de una excelente compañía de ópera; así como suena: —prima donna en aquella época que vino el célebre Thalberg —á quien después subrogó como gran maestro y concertista—, y cantaban ante el público porteño y montevideano Ida Edelvira, Sofía Vera Lorini, la Biscacciariti, la inolvidable Merea, aquella inimitable Merea en «Linda de Chamounix».
Justamente, fue con esa ópera que «Carlota Lambra» (ese viejo encorvado, etc.) se estrenó en el teatro de San Felipe y Santiago, acompañada por la célebre contralto Josefina Tati… Sí, pues, ese viejo encorvado y perilludo que entonces era mujer —una inglesita pizpireta que cuando no trabajaba revolucionaba la cazuela del predicho teatro con sus trajes de cuákera, sus sombreros exóticos, sus chales y sus chapines…
¿No salís de vuestra sorpresa? Pues ahí están, entre otros «viejos», mis respetables amigos los hermanos Silveyra (don Juan y don Agustín) que la vieron en ese estreno…
¡Todo un interesantísimo romance, apreciables lectores! Lambra llegó a ser la nota del día y de la noche desde que desembarcara por el antiguo muelle de Gowland, allá por los corrillos del clásico café, llamado por tradición «del Agua Sucia» y al que sin embargo, acudía toda la gente de pro; en los de la antigua confitería de los hermanos Narizano y en las concurridas retretas de la plaza de la Matriz ó de la calle 25 de Mayo… Pronto se corrió la voz de que aquella cantatriz era una profesora de música estupenda: nada menos que primer premio del gran Conservatorio de París, que había dirigido, con éxito pasmoso, la orquesta de la Scala de Milan! Se supo más: que Carlota Lambra era un nombre supuesto, nombre de artista que ocultaba el verdadero de «Emilia Super», descendiente de una de las familias más encopetadas de la austera nobleza inglesa. Hasta llegó a decirse que superaba a Thalberg. El teatro Argentino —convertido hoy en «pasaje»— se hallaba esa noche de bote a bote. Se levanta el telón y aparece en la escena el deseado concertista, un rubiecito de fisonomía alegre y atrayente, vestido con verdadera corrección.
De todas partes lo aplauden; pero cuando estas manifestaciones simpáticas cesan, suenan insólitas risas burlonas que demudan el semblante del joven concertista. Las risas y los murmullos continúan cuando el concertista, «transicionando» de su turbación, á una impasibilidad desafiante hizo ademán de silencio y con su voz atiplada dijo:
—«Cuando ustedes concluyan, empezaré yo»—y se dirigió al piano. El público estalla en un prolongado aplauso que se trueca luego en un silencio solemne impuesto por la vibración del teclado. ¡Qué ejecución admirable! Aquellas notas cantaban, reían, suspiraban, lloraban en un sollozo prolongado; batallaban con cuantas sensaciones pueda producir el alma humana. Y luego, ¡qué perfectibilidad armónica en los tonos!… ¡Aquello era eminentemente clásico! Nuestro público «inteligente» no se contuvo ya, desbordó en vivas y aplausos de frenético entusiasmo; pero, volvió la duda: —¿Será?… —decían en un palco.
—¡No puede ser! —exclamaban.
¿De qué se trata? —preguntó un señor inglés cuyo nombre reservo, que recién llegaba. —De algo originalísimo. —Se dice que ese prodigioso pianista es… —Lo conozco mucho. Cuando vino de Montevideo fué á parar al hotel Frascati. Como no había un solo aposento desocupado, sin saber yo de quién se trataba, me pidió el hotelero albergarlo en mi habitación. No tuve inconveniente tratándose de una persona decente. Cuando llegó la noche y fuí á recogerme me encontré con él. Nuestra sorpresa fue igual —Lambra no podía pernoctar en la habitación de un hombre solo. —Llamé al hotelero; nos explicamos y convinimos en que el hotelero viniera por aquella noche á dormir á mi pieza y Lambra lo hiciera con la esposa del hotelero… —¿Cómo? —Porque el pianista que tanto se aplaude ahora es mujer.
—¡Mujer! —Sí, pues, una mujer que puede llevar su frente altiva y que se ha visto precisada á ejercer las habilidades de su prodigiosa educación musical para vivir. Por eso tuvo que alejarse de su patria, la vieja Inglaterra, donde la alta posición de su familia que, sin embargo, la abandonó, no hubiera consentido en ello. Por eso cambió de nombre llamándose Carlota…
—¿Y qué necesidad tenía de convertirse en hombre? —Mis amigos, cuando la virtud va sola, por más austera que sea, sólo se la respeta si lleva pantalones. Cuando ejerció su profesorado en la vecina capital fueron tales las preocupaciones sociales y calumnias que sobre ella arrojaron, que un día se presentó a sus discípulas, vestida de hombre, diciéndolas: «Carlota Lambra ha muerto. La reemplaza Carlos Lambra…» y ahí «la tenéis».
Sí, pero si llega á propalarse no les quepa á ustedes la menor duda de que «Carlos Lambra» sabrá responder con la punta de una espada ó la bala de una pistola á quien se atreva a faltarle, porque en «un hombre» nada tiene de particular que se manejen esas armas tan admirablemente como las teclas de un piano. —¿De manera que á pesar de su juventud sería inaccesible?… —Tal creo, porque me lo ha dicho:
—¡Muerta para toda afección… menos para el arte! Y así fué: —Carlos Lambra el gran maestro musical de las más distinguidas familias uruguayas y porteñas, brusco, irascible, malhumorado casi siempre, vivió en sus últimos años, solitario, sin frecuentar más sociedad que la de sus numerosas discípulas con las que sólo cambiaba palabras referentes á su ejercicio.
Hará unos veinte años que murió, acompañado solo de una vieja irlandesa por la que demostraba la más radical antipatía.
El respetable señor don Carlos Lumb, cuya hija, señorita Georgina era una de sus discípulas predilectas, hizo conducir sus restos á su sepulcro y envió á su familia todas aquellas curiosidades que dejara la extinta «Emilia Super».
Sólo conservó de ella el retrato que ilustra esta nota.
Rafael Barreda.